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Giro en el trágico caso de Lucas: la ciencia descarta la agresión sexual, pero el dolor de una muerte evitable sigue ahí

 

Es de esos casos que te revuelven el estómago y te dejan pensando en lo frágil que es la vida, sobre todo la de un crío de solo cuatro años. En Garrucha, un pueblo costero de Almería con poco más de 10.000 habitantes, donde la playa suele ser sinónimo de tranquilidad y paseos familiares incluso en diciembre, encontraron el cuerpo sin vida de Lucas a principios de mes en un viejo búnker abandonado. La madre y su pareja fueron detenidos de inmediato, y la investigación apuntó inicialmente a violencia extrema, incluyendo una posible agresión sexual que hizo que el caso saltara a todos los medios.

Pero ahora, justo antes de Navidad, ha llegado el informe definitivo del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses de Sevilla: no hay rastro de semen, saliva ni ADN de nadie más en el cuerpo del pequeño. Las pruebas en muestras rectales y anales salieron negativas una y otra vez –nada de espermatozoides, nada de antígeno prostático, solo el perfil genético del propio Lucas. Eso descarta por completo esa parte tan horrenda que se barajaba al principio. También analizaron tóxicos: cero alcohol, cero drogas, pero sí trazas de ibuprofeno en la sangre, algo común si le estaban dando para el dolor o la fiebre.

El pequeño murió por golpes que le causaron una hemorragia interna masiva, un shock que no dio tiempo a revertir. La defensa de los detenidos habla de negligencia grave, de remedios caseros y hasta prácticas de curanderismo que salieron fatal, sin intención de matar. La investigación sigue en el juzgado de Vera, y aún queda mucho por aclarar: por qué no lo llevaron al hospital, qué pasó exactamente esas horas críticas. Duele imaginar el sufrimiento de Lucas, un niño que merecía protección y cuidados básicos, y el de su familia biológica que lo buscaba desesperada.

En un sitio como el Levante almeriense, rodeado de mar y de esos invernaderos que dan trabajo a miles, estos dramas recuerdan que detrás del paisaje bonito hay vidas reales con problemas profundos. Pero hay un rayo de esperanza en todo esto: la ciencia forense avanza, los protocolos de protección infantil se refuerzan cada año –en España, las denuncias por maltrato infantil han llevado a miles de intervenciones preventivas documentadas–, y casos como este empujan a mejorar los servicios sociales y la detección temprana. El cambio es posible; de hecho, ya está pasando en muchas comunidades donde se invierte más en prevención. Ojalá sirva para que ningún otro niño pase por algo parecido.


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