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Quince años de cárcel para el asesino de Paula, la lotera de Albox: "Quema toda mi ropa", le dijo a su madre tras el crimen

 

caso lotera de Albox

Han pasado más de cuatro años desde aquella madrugada de septiembre de 2021 en que Paula, la lotera de 74 años que todos conocían en Albox, abrió la puerta de su casa y se encontró con la muerte. Esta semana, tras un segundo juicio con jurado popular, su vecino Alberto G.F. ha sido condenado definitivamente a 15 años y 3 meses de prisión por acabar con su vida a puñaladas para robarle el dinero de la lotería que vendía ambulante por el pueblo.

La sentencia cierra un proceso judicial tortuoso que incluyó la anulación del primer veredicto por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, que consideró que faltaba motivación en las conclusiones del jurado. Aquella primera condena era de 17 años. Esta segunda, ligeramente inferior, incorpora la atenuante de drogadicción que el nuevo jurado ha apreciado en el acusado.

Un crimen de vecindad: vivían a 200 metros

Paula no era una desconocida para Alberto. Vivían en el mismo barrio de Albox, separados apenas por 200 metros. Él le había pedido dinero prestado en varias ocasiones. Ella, según testigos, lo trataba "como a un nieto". Conocía sus rutinas, sabía que vivía sola, y sabía que guardaba en casa el efectivo de las ventas de lotería.

La madrugada del 9 al 10 de septiembre de 2021, entre las 2:30 y las 4:00 horas, Alberto acudió a la casa de Paula con la intención de robar. Necesitaba dinero, probablemente para comprar drogas —testigos lo habían visto esa misma noche conduciendo "muy nervioso" un coche robado en busca de sustancias—. Cuando Paula le abrió la puerta, él la atacó con un cuchillo o navaja, asestándole nueve puñaladas en el cuello y el tórax. Una de ellas le desgarró la vena yugular.

Paula intentó defenderse. Los forenses encontraron heridas defensivas en sus manos y, crucialmente, restos de ADN de Alberto bajo las uñas de siete de sus dedos. Fue una agonía violenta que terminó con un shock hemorrágico mortal. Su cuerpo no fue hallado hasta las dos de la tarde del día siguiente: semidesnudo, tirado en el suelo, sobre un charco de sangre que ocupaba gran parte de la habitación.

Alberto se llevó un bolso con dinero, objetos de valor y dos móviles que nunca se recuperaron. Y desapareció en la noche.

El accidente que lo delató y la llamada que lo condenó

Pocas horas después del crimen, Alberto protagonizó un accidente de tráfico con el coche robado que había usado esa madrugada. Acabó en el hospital de La Inmaculada de Huércal-Overa, donde fue atendido. Cuando salió del centro sanitario, la Guardia Civil ya lo esperaba. Los agentes lo detuvieron y lo trasladaron a dependencias policiales.

Durante ese traslado, los agentes le permitieron hacer una llamada a su madre. Y ahí cometió el error que el jurado consideró definitivo: le pidió que le comprara dos chándales nuevos, dos pares de calzoncillos y, literalmente, que "quemara toda la ropa que tenía en la casa". No que la lavara. Que la quemara.

Para el jurado, esa instrucción era una confesión implícita: Alberto sabía que su ropa estaba manchada con la sangre de Paula y quería eliminar las pruebas. Los análisis de ADN, los testimonios de vecinos, el informe de antenas de telefonía y esa llamada desesperada formaron un mosaico de evidencias que los nueve miembros del jurado consideraron suficiente para declararlo culpable.

Dos juicios, dos veredictos, una condena definitiva

El primer juicio, celebrado hace más de un año, ya lo había condenado a 17 años. Pero el Tribunal Superior de Justicia anuló aquella sentencia por considerar que el jurado no había explicado suficientemente por qué descartaba cuatro informes forenses que situaban la muerte de Paula en horas posteriores a las declaradas probadas. También cuestionó que no se hubiera justificado cómo Alberto entró y salió de la casa sin dejar más pruebas físicas, más allá del ADN bajo las uñas.

El segundo juicio, celebrado entre finales de noviembre y principios de diciembre de 2025, corrigió esas deficiencias. El nuevo jurado, presidido por la magistrada Soledad Balaguer, consideró probado por mayoría que Alberto conocía la distribución de la casa (no necesitaba registrarla porque sabía dónde guardaba el dinero), que Paula le abrió voluntariamente la puerta porque lo conocía, y que él actuó con premeditación para robar.

La diferencia esta vez: se aplicó la atenuante de drogadicción. El jurado consideró que, en el momento de los hechos, Alberto tenía "ligeramente disminuidas" sus capacidades por el consumo habitual de estupefacientes. Eso redujo la pena de 17 a 15 años y 3 meses: diez años y diez meses por homicidio, y cuatro años y cinco meses por robo con violencia en casa habitada, con agravante de reincidencia porque ya tenía antecedentes por robos anteriores.

180.000 euros que no devolverán la vida

Además de la pena de prisión, Alberto deberá indemnizar con 90.000 euros a cada uno de los dos hijos de Paula. Son 180.000 euros en total que, obviamente, no devolverán a su madre ni cerrarán el duelo. Pero es el reconocimiento judicial del daño irreparable causado.

La defensa ya ha anunciado que recurrirá de nuevo ante el TSJA. Considera que persisten "bases para impugnar el fallo". Mientras tanto, Alberto permanece en prisión provisional desde su detención en septiembre de 2021.

El impacto en Albox: cuando el asesino es tu vecino

Albox es un pueblo de poco más de 11.000 habitantes donde todos se conocen. Paula era una figura cotidiana: la mujer que vendía lotería por las calles, siempre con una sonrisa, que guardaba el dinero en casa y que trataba con cariño incluso al vecino que acabaría matándola.

El crimen sacudió a la localidad. No solo por la brutalidad —nueve puñaladas, un charco de sangre, un cuerpo abandonado durante horas— sino porque desbarató la ilusión de seguridad que da vivir en un pueblo pequeño. Si alguien como Paula, querida y conocida por todos, podía ser asesinada en su propia casa por un vecino de toda la vida, ¿quién estaba realmente a salvo?

La sentencia no devuelve la paz, pero sí cierra un capítulo de dolor y espera. Paula tenía 74 años. Le quedaban proyectos, nietos a los que ver crecer, tardes de sol en la plaza. Todo eso se lo llevó una madrugada de septiembre un vecino que necesitaba dinero para drogas y que decidió que una vida valía menos que un puñado de billetes.

Quince años de cárcel. Y una vida que no volverá.


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